martes, 4 de marzo de 2008

ECOS DE SANGRE


La puertadel Lobo...

Callejuelas...

Enanos al acecho...

La bodeguilla...

Asesinos en las calles...

El hacha marca el camino...

Lápidas improvisadas...

Skavens desplegandose...

Oculto entre las ruinas...

Hacia la escalera...

Movida...

Escabulléndose...

Y con él llegó el engendro...

Sin Miedo...

Te veo...

Duelo al sol...

Sin perdón...

miércoles, 6 de febrero de 2008

FORJANDO ALIANZAS

Esta es la historia de una alianza que pudo ser y no fue. Por Litri.

El ‘Pony Pisoteado’ era una de las Tabernas más infectas de Cuttbear’s End, uno de los asentamientos con peor reputación, entre los que rodean Mordheim. En la oscuridad de la noche aquel antro era uno de los lugares más tenebrosos en los que Bjorg Skammelsrud había entrado jamás. Pero era allí donde el hombre que buscaba le había citado. El nórdico había tenido que esquivar varias peleas a la entrada del local y se había refugiado en una de las mesas más apartadas del tugurio junto a los tres hombres que le acompañaban.

Los cuatro conformaban una estampa imponente. Todos eran altos como torres, con melenas y barbas desaliñadas, y todos se escondían tras capas de piel de oso. A pesar de ello, sus armas se adivinaban tras aquellas toscas vestimentas. El más alto de los cuatro, Logan, era un tipo con ojos penetrantes, barba hirsuta y brazos peludos. Tenía una mirada que helaba la sangre y no dejaba de escudriñar la taberna desde el rincón oscuro en el que se encontraba la mesa. Los otros dos degustaban con pasión una enorme jarra de cerveza.

Habían llegado desde las lejanas tierras de Norsca hacía unos meses. Su banda de saqueadores estaba ávida de fortuna y Mordheim parecía el lugar propicio para ello. No eran los primeros norteños que pisaban la ciudad maldita. Antes de ellos una partida de guerreros comandados por otro líder de su tribu, Harald Morgensson, había encontrado su fin en las entrañas de Mordheim. Skammelsrud tenía la intención de vengarlo y, de paso, hacer que sus hombres se bañaran en oro. Después de haberle dado muchas vueltas, había concebido un plan arriesgado. Sabía que Morgensson había pecado de arrogante al intentar explorar la ciudad sin apoyos. Harald era un líder valiente y un hombre sin temores. Creía que sus hombres serían capaces de derrotar a cualquier cosa que encontraran más allá de los negros muros de la urbe sin saber a lo que se enfrentaba. Ese había sido su error. Ahora todos estaban muertos.

Skammelsrud era más cauto. Un líder frío y calculador. Había hablado con sus hombres de confianza y había trazado un plan. Nada más llegar buscarían aliados. Se unirían a una banda fuerte con la que explorar la periferia de la ciudad. Después, una vez que hubieran recaudado el suficiente dinero, contratarían un par de bandas veteranas para adentrarse en la zona más peligrosa. Bandas expertas que conocieran los peligros ocultos que poblaban aquellas calles.

Era un buen plan sobre el papel, pero no había sido fácil encontrar una banda en la que confiar. Mordheim atraía a la escoria más indeseable del Viejo Mundo y ninguna de las bandas con las que se habían cruzado en los asentamientos colindantes era propicia. Los mercenarios de Middenheim, Reikland o Marienburgo, habrían sido aliados perfectos, pero no tenían intención de compartir el botín y sólo se ofrecían a un alto precio. El resto eran rufianes de poca monta o fanáticos de Sigmar con los que era imposible negociar. No había aliado posible. El dinero escaseaba y no podían permitirse contratar a otra banda para que les sirviera de apoyo. Habían llegado a desesperar. El Shamán de la banda les había propuesto ofrecerse como espadas de alquiler hasta que reunieran dinero suficiente, pero separarse sería el fin del grupo. Tenían que arriesgarse.

Decidieron adentrarse en la ciudad y probar fortuna. Llevaron a cabo varias incursiones infructuosas, estaban nerviosos y se daban cuenta que las pedregosas y oscuras callejuelas de la urbe derruida no era el lugar más adecuado para ellos. Skammelsrud empezó a dudar de sus posibilidades, no se sentía cómodo entre las ruinas. Sus hombres estaban acostumbrados a combatir a campo abierto y parecían nerviosos.

Decidió invertir el poco dinero que tenían en contratar un Ogro. No le costó demasiado tiempo encontrar a uno lo suficientemente veterano en el que confiar. Se llamaba Olek y era un adversario temible. Parecía llevar bastante tiempo en la ciudad y decía haber peleado junto a otras tres o cuatro bandas de humanos. Sabía como manejarse en Mordheim y fue de gran ayuda. Olek les llevó a una zona de la ciudad en la que consiguieron encontrar algo de piedra bruja. Eso les dio esperanzas y continuaron explorando olvidándose de su idea primigenia. Los hombres necesitaban acción pero Skammelsrud sabía que era demasiado pronto para correr riesgos. La experiencia le decía que improvisar sólo les traería más problemas.

En una de las incursiones se toparon de bruces con una banda de Cazadores de Brujas. Pensaron durante un segundo que entre humanos no habría problemas, pero aquellos fanáticos no hacían distinciones, en un instante se vieron envueltos en una batalla campal. Por suerte, Olek les había prevenido: “Nadie es amigo en Mordheim”, les había dicho. Lucharon valientemente pero, en mitad de la contienda, de entre las ruinas surgió una rugiente horda de pielesverdes. Los nórdicos se vieron atrapados entre dos frentes y decidieron retirarse. No hubo bajas y pudieron mantener el botín, los hombres estaban contentos pero Skammelsrud no. Sabía que habían estado cerca del desastre.

No obstante, continuaron con las expediciones. La moral era alta y sus hombres más leales rebosaban de confianza, no querían escuchar sus advertencias. Dejó que fuera la ciudad condenada quién les abriera los ojos.

No tuvo más que esperar a la siguiente expedición. Cuando se encontraban inspeccionando las ruinas sufrieron una emboscada. Una banda de No Muertos comandada por un vampiro acechaba entre las sombras y en el momento justo zombis, necrófagos y demás criaturas de la noche, cayeron sobre ellos cuando se encontraban dispersos entre las ruinas. No tuvieron tiempo de reaccionar. Olek cortó el paso al grueso de la banda y se enfrentó valerosamente a todos ellos. Aguantó lo suficiente para que el resto se pusiera a cubierto.

Logan, presa de un estado febril, se transformó en una masa de pelo, dientes y garras, poseído por el espíritu del dios Lobo y se reveló como lo que todos sospechaban, un guerrero Wulfen. Una licántropo mitad hombre, mitad lobo. Los dos lucharon valientemente pero cayeron. Huyeron de la contienda aterrados ante la visión de los muertos arrancados de su descanso eterno, pero sobrevivieron. El ogro tardó en recuperarse de sus heridas, pero las pesadillas no desaparecían, por fin habían comprendido lo que era Mordheim. Fue fácil para Skammelsrud convencerles de que debían volver al plan original, eso o regresar a Norsca antes de acabar todos muertos en algún callejón infecto.

Por fortuna, un mes después aparecieron los enanos. Su jefe Kronenburg Aralsson Era un veterano guerrero y periódicamente conducía a sus hombres a Mordheim en busca de oro. Era un grupo reducido. A Aralsson no le gustaba correr riesgos innecesarios, tenía en alta estima a sus hombres, y siempre que podía contrataba los servicios de varios espadas de alquiler de confianza para que le ayudaran a llevar a cabo el trabajo sucio. Olek era uno de los fijos. El ogro le presentó a Skammelsrud y ambos líderes se entendieron a la perfección desde el momento en que se conocieron. El nórdico era un tipo inteligente con ideas claras y Aralsson necesitaba hombres con cerebro. Era un estratega nato, su clan había dado grandes diplomáticos y comerciantes, además de guerreros. Estaba seguro de que aquella unión daría buenos frutos. Los planes del nórdico le convencieron. Era un hombre decidido. Quería contratar dos bandas que conocieran a la perfección las calles de Mordheim para llegar al corazón de la ciudad. Aralsson conocía a los tipos adecuados, la antigua Guardia de la Ciudad. Esa sería la primera, la otra era la apuesta más arriesgada. Al principio le pareció una locura. Advirtió al norteño de que no sería capaz de reclutar la banda en la que había pensado, de que era peligroso. Pero la determinación de Bjorn Skammelsrud le convenció. Dejaría que el nórdico llevara a cabo su ambicioso propósito. Aralsson puso el dinero sobre la mesa y brindó con su mejor cerveza.

Skammelsrud palpó la bolsa con el oro bajo su capa. “El oro lo puede todo”, pensó, mientras desde el fondo de la taberna un hombre con aspecto tenebroso se acercaba desde las sombras. Estaba envuelto en ropajes oscuros y ocultaba su cara bajo una capucha negra. Su rostro cubierto de cicatrices no era más terrible que el de cualquier otro de los personajes que infestaban Mordheim, pero sus ojos… sus ojos de salvaje asesino le delataban. Era él. El hombre que estaban buscando. Un hombre ávido de poder y de riqueza. Un hombre sin pasado, presente ni futuro. Era Damarcus Weasley, jefe de la banda de ‘Los Macabros’, magíster del Culto de los Poseídos. No había nadie que conociera mejor las entrañas de Mordheim.

martes, 5 de febrero de 2008

LA CIUDAD VIVE


Hay Goblins hasta debajo de las piedras...


El patíbulo


El pielverde antes conocido como "Prince", un auténtico mito...


El esqueleto valeroso...


- ¡¡¡No puedes pasarrrr!!!


Algo huele a quemado en Mordheim...


Lobos espectrales.


Una salamanquesa en la terraza.


Guardaespaldas Ogro.


Alianza antinatural...


Los Hombres Lagarto toman posiciones.


Enanos...

viernes, 1 de febrero de 2008

EL SEÑOR DE LOS NO-MUERTOS

Si alguien está teniendo la fortuna de cara en este regreso a la Ciudad Maldita, ese está siendo Jota. Los dados le acompañan en la mayoría de sus tiradas.
Sin embargo todos sabemos que la suerte es muy traicionera. Para cuando esta le de la espalda, él ya tiene un nuevo aliado....Y contra este, la suerte ya no tiene nada que hacer.
SEREIS SOMETIDOS A MI TIRANÍA!!!!!JAJAJAJAJAJAJAJAJA

miércoles, 30 de enero de 2008

ASI SOMOS, ASI JUGAMOS

Patatas y cerveza.

Vistiendo los colores.

Tabaco de liar.

El fotógrafo.

Y el fanático loco.

Pues, andando... camino de la horca.

Colocando el escenario.

Sonrisa de goblin.

Tácticas susurradas.

Desplegando.

Uyyy que de gente...

¿¿¿Cómo puedo tener tanta potra???

El juez, siempre de negro.

Creo que voy a palmar ahí.

No llega.

A cuatro manos.

Maldito hombre-rata.

Sin dormir.

Cansados.

Dan, aturdido.


miércoles, 16 de enero de 2008

LA BATALLA DEL ESQUELETO

Por Litri.-

La noche caía sobre Mordheim y la bruma amenazaba con inundarlo todo con su manto impenetrable mientras Jacob Stendhal buscaba un lugar en el que cobijarse. Era un hombre sin miedos. Antaño había sido un mercader de renombre y sus negocios le habían llevado hasta los confines del Imperio, pero el cometa que destruyó la ciudad oscura, acabó también con su fortuna y su familia. Por desgracia para él, aquel día se encontraba lejos de la ciudad que le vio nacer. A su regreso sólo encontró dolor, lo había perdido todo. Hubiera preferido morir junto a los suyos.

Desde entonces, Jacob merodeaba por las derruidas calles de la urbe como un vagabundo. Se negaba a abandonar su antiguo hogar. Jacob conocía hasta el último escondrijo de la ciudad, parecía tener un sexto sentido para la supervivencia. Esa noche había elegido un hueco en uno de los tejados de la calle del cementerio. Desde allí podía arrebujarse en su manta y contemplar todos los alrededores hasta que, al fin, fuera capaz de conciliar el sueño. Le encantaba escudriñar las calles desde las alturas e imaginarse como eran antes del desastre. Eso, y también espiar a los que ahora se habían convertido en los infames habitantes de la ciudad.

Mientras divagaba con la mente en blanco, un sonido extraño captó su atención. Parecía el gorjeo de un pájaro exótico. Pero en Mordheim hacía mucho tiempo que no había más pájaros que los carroñeros. Jacob lo sabía bien, se había convertido en un excelente cazador de cuervos. Miró hacia el suelo y escuchó con atención.

Algo se movía en las calles. Fijó la vista en uno de los edificios y vio claramente como una pequeña cresta asomaba entre los escombros. Una vez más distinguió con claridad el sonido del pájaro exótico. Pero aquello no era un ave, era un lagarto que caminaba sobre dos patas. Abrió los ojos de par en par como una lechuza, la luz de Morrslieb (la luna del Caos) iluminaba las calles. De repente, de entre las sombras surgieron varias figuras reptilianas con movimientos rápidos. Era un grupo numeroso de reptiles con diversos tamaños. Los más pequeños lucían crestas erizadas y corrían de lado a lado escondiéndose tras los muros derruidos en mitad de la calle. Junto a ellos avanzaban de forma decidida lagartos más grandes con colmillos afilados. Portaban armas de hueso y piedra.

Jacob no había visto jamás una criatura semejante, pero no tenía duda alguna, se trataba de un grupo de Hombres Lagarto. En sus tiempos de comerciante, Jacob había conocido a todo tipo de personajes, algunos incluso decían haber cruzado el océano y haber contemplado las costas del Nuevo Mundo: el continente selvático de Lustria. Por boca de hombres semejantes, Jacob había escuchado historias referentes a los seres que ahora se materializaban ante él como si de un espejismo se tratase. Quién sabe de que forma insólita aquellos seres habrían llegado a Mordheim.

Los lagartos se desplegaron por todo lo ancho de la calle y esperaron. Al cabo de unos minutos, una figura apareció ante ellos como salido de la nada. Cayó desde una ventana cercana y se agachó junto al pequeño lagarto que parecía comandar al grupo. Jacob aguzó la vista. Sólo tuvo un instante antes de que la misteriosa figura se escabullera nuevamente por una ventana. Si su vista aún no le engañaba, aquella imagen oculta no podía ser más que la de un explorador elfo.

El líder emitió un sonido silbante y los lagartos prepararon sus armas. Algo estaba a punto de romper la engañosa tranquilidad de la noche de Mordheim.

Jacob miró a lo largo de la calle, allá al fondo junto al cementerio algo parecía avanzar en un silencio antinatural que le heló la sangre. Varias efigies con lanzas prominentes arrastraban sus pies por el suelo empedrado. ¡¡Muertos!! – susurró Jacob conteniendo el aliento. En efecto, los muertos cruzaban la noche seguidos por la figura de un humano enjuto y descarnado. El nigromante se ocultaba bajo una larga túnica negra brillante.

No era la primera vez que Jacob contemplaba a los muertos saliendo de su eterno letargo. Sus años en Mordheim le habían enseñado que había habitantes más temibles que las ratas y los mutantes en las profundidades de aquella ciudad del infierno. Sabía que cerca de aquellas almas errantes, en lo más profundo de las tinieblas, alguien contemplaba la escena con ojos sedientos de sangre. Un ser más antiguo que las rocas que pisaba. Una criatura sanguinaria a la que él llamaba, el ‘Señor de la Noche’. Centró la vista en el edificio ennegrecido del que procedían los zombis. Unos ojos brillaban en lo más profundo de las sombras. Estaba seguro, allí estaba el vampiro, seleccionando su próxima víctima, como un cazador implacable.

Jacob sintió un escalofrío recorriendo su columna de arriba abajo. Había renegado de Sigmar y de los dioses hacía muchos años, pero en aquel momento algo dentro de él rogó a las alturas por que no le hubieran descubierto. La idea de la muerte no era tan terrible, cuando la vida no significa nada. Pero una vez muerto no quería que su cadáver despertara condenado a vagar eternamente sin descanso.

Un estruendo le devolvió a la realidad. Una criatura enorme apareció junto a los reptiles atravesando la pared. Era un ser gigantesco, con escamas brillantes y dientes afilados, un Króxigor. Un lagarto de dimensiones descomunales con un gran martillo de piedra entre las manos. La bestia acorazada cargó mientras los pequeños lagartos disparaban sus arcos en dirección a los repugnantes zombis.

En unos segundos una lluvia de proyectiles cruzó la calle. Desde el edificio oscuro una llamarada surcó el aire y fue a estamparse cerca del elfo. Un anciano de barbas blancas y ojos penetrantes acompañaba a los No Muertos. Era uno de los múltiples hechiceros que se ocultaban en la ciudad y sus alrededores.

Jacob no tenía tiempo de ver lo que estaba pasando. Los lagartos rodearon a los muertos y las armas chocaron. De entre las sombras surgió un tremendo lobo sarnoso que, de un gran salto, se abalanzó sobre un guerrero saurio. El animal desgarró la piel del saurio y este respondió con un golpe de maza que alcanzó a la bestia en todo el cráneo.

Mientras, el Króxigor embistió contra un enclenque esqueleto. El cadáver vestía una antigua armadura. Su casco adornado con alas de murciélago denotaba que había sido un gran guerrero en otra era. La bestia acorazada lanzó sus golpes con una lentitud pasmosa y, sorprendentemente el esqueleto esquivó todos y cada uno de los intentos de aquel gigantesco ser. Parecía estar animado por una magia poderosa y extraña. El esqueleto lanzaba cortes con su espada, pero la piel del Króxigor era inexpugnable.

Entre la confusión una flecha brillante cortó la oscuridad de la noche para impactar en el hombro del hechicero. Un disparo certero propio de un elfo. El anciano se desplomó contra el suelo. Los ataques se sucedían. El Króxigor rugió con ferocidad y asestó un golpe certero que descoyuntó al tozudo esqueleto. Acto seguido, los eslizones avanzaron dispuestos a tomar el cementerio. Pero una niebla verdosa rodeó al Króxigor palabras oscuras resonaron desde las sombras y el esqueleto volvió a resurgir animado, una vez más, por un poder sobrenatural. El guerrero ancestral levantó su espada con su sonrisa eterna dibujada en la calavera. El viento sopló con fuerza y en ese instante apareció él...

Una sombra negra surgió del edificio ennegrecido y sobrevoló la escena para caer sobre los desprevenidos saurios. Jacob tragó saliva. El ensordecedor sonido de la masacre le hizo apartar la mirada.

Cuando se hizo la calma, el vagabundo miró por el borde del tejado. Un charco de sangre bañaba la calle bajo el edificio oscuro. A parte de ese, no había ni rastro de los Hombres Lagarto. El Nigromante se frotaba las manos ante los cuerpos sin vida de dos guerreros saurio. Mientras, sus esqueletos los levantaban en vilo para transportarlos hacia el cementerio. La cripta abría sus puertas en la oscuridad del camposanto y de ella manaba una luz mortecina. Uno tras otro los muertos fueron entrando. La puerta de la gran tumba se cerró de golpe, ahogando en su interior la risa nerviosa del Nigromante. Sólo una de las siniestras criaturas quedó guardando la noche. Un esqueleto demacrado vestido con armadura y coronado con un gran casco alado. Un guerrero de otro tiempo que jamás tendría descanso.



Basado en una batalla real. Escenario: No pasarán.

Hombres Lagarto versus No Muertos.